La fiesta de quince años


Querida imaginación, lo que amo sobre todo en ti es que no perdonas.
André Bretón.

Por estos días son ‘los quince’ de la hija de Juanita. Ella no me conoce; pero su mamá, sus tíos y yo, siempre fuimos muy cercanos. Cuando yo era niña me encantaba ir a fiestas en la casota de los compadres de mis papás, los padres de Juanita y de sus 10 hermanos. Eran fiestas llenas de gente y yo me perdía entre los cuartos de esa casota. Las hermanas de Juanita me prestaban sus muñecas y su walkman; me dejaban ojear sus revistas, escuchar sus casetes y me enseñaban a bailar. Con sus hermanos contábamos historias de miedo, nos salíamos a jugar ‘bote pateado’ en la calle, o nos subíamos a la azotea a ver ´los cuetes´ de la delegación los 15 de septiembre, luego del grito. En navidad, cantábamos la letanía de las posadas, le pegábamos a la piñata, comíamos dulces.

Juanita se casó con un chavo alemán y se fue a vivir allá. Allá nacieron sus hijos y allá han vivido toda su vida. Pero su hija se enamoró del México que le habla su mamá, del que ha visitado en vacaciones y del que ha visto a través de sus tíos; y decidió que quería una fiesta de quince años a la mexicana.  Hizo el viaje, le compraron su vestido, enviaron las invitaciones y tendrá su pachanga mexicana: con vals, con misa, con pastel. Y con nosotros, su familia mexicana.

Alguna vez leí que no hay nada más surrealista que una fiesta de quince años chilanga. No sé.

Por estos días se cumple un año más de que André Bretón abandonaba México y regresaba a Francia, junto con su esposa, con la firme convicción de haber estado en la capital del surrealismo; aquel lugar del que había escrito, pero no sabía que existía realmente.

Se dice (del verbo ‘quien sabe si sea cierto’) que, durante su estancia en México, André Bretón, el padre del surrealismo, solicitó a un carpintero que le hiciera una mesa rectangular. Como no hablaba español, le costaba mucho trabajo explicar exactamente cómo quería la mesa y se le ocurrió dibujarla. Como él tampoco era dibujante, aquel intento de dibujo geométrico estaba chueco. Cuando vio que la mesa que le hicieron era exactamente igual a su dibujo –un rombo malhecho, inclinado como resbaladilla, y con tres patas disparejas– Bretón supo que había llegado, literalmente, al lugar de sus sueños. Aquel mueble era como aquel país: único en el mundo. Asombroso. Fantasioso. Irreal. Digno de cualquier galería de arte vanguardista.

Breton, el autor de Manifiesto surrealista, se refiere a México como un depósito de energía que nunca se extingue, y como el país de la belleza compulsiva, como el lugar en donde la magia es cotidiana. Su interés por visitar nuestro país era motivado por sus amigos Diego Rivera, Frida Kahlo, Manuel Álvarez Bravo, León Trotsky; pero la razón formal de su viaje fue la invitación que a principios de 1938 le extendió Isidro Fabela, a nombre del presidente Lázaro Cárdenas, para exponer sus ideas estéticas en una conferencia.

En México poco se conocía del surrealismo; pero a propósito de la visita, la revista Letras de México preparaba una edición especial con textos de Bretón traducidos por Xavier Villaurrutia. En mayo, Bretón dictó la conferencia en San Ildefonso y unos días más tarde, la proyección de Un Perro Andaluz, de Luis Buñuel, ocasionó que estallara la polémica por el surrealismo. Las demás conferencias programadas fueron saboteadas. Así, el poeta decidió viajar a lo largo del país.

Desde 1919, Bretón comenzó a experimentar con la escritura automatizada, que consistía en escribir luego de días de desvelo, retando los límites del lenguaje, la ensoñación y el sinsentido. Pero en México encontró que la poesía se hacía con los ojos y con todos los sentidos. No es de extrañar, entonces, esa fascinación que experimentó por México; por su humor negro, su polisemia, su sinsentido. (Me pregunto qué opinarían los surrealistas originarios del “cadáver exquisito” en el que a veces se convierte twitter… y de las conferencias mañaneras.)

Así, entre los intelectuales se conformó una visión estereotipada de “lo mexicano” en la que surrealista no es sino un eufemismo para referirse al conjunto de absurdos causados por nuestras contradicciones históricas, nuestros abismos antropológicos, nuestra mezcla cultural, nuestro folklore y nuestra estética barroca y kitsch. Pocos de ellos realmente saben lo que quieren decir.

Eso de afirmar que México es surrealista ya se volvió cliché: un cliché medio mamón, principalmente, entre los que creen saber más de lo que en realidad saben. Que si el genio (y fascista) de Salvador Dalí dijo que no regresaría jamás a un país más surrealista que sus pinturas; que si Luis Buñuel logró sus mejores obras aquí porque México era tan absurdo y contradictorio como sus propios sueños. Belleza y libertad. Eso es el surrealismo y eso es México.

Pero más allá de las categorías estéticas academicistas, saber ver la belleza de México, su potencial creativo, la veta que ofrece, parece ser un lujo que cada vez menos pueden darse. Pero aprendamos a redescubrirlo cada uno con sus ojos:

Ya sean los de un mexicano promedio que ya se acostumbró a caminar sin ver, pero de repente vuelve a enfocar la mirada para dejarse sorprender por lo que le rodea…

O los de un tuitero cualquiera, que escribe por el mero gusto de hacerlo, lo primero que se le viene en gana y renuncia a la obsesión ridícula de querer tener siempre la razón (una de las principales enseñanzas del surrealismo)…

O bien, los ojos de una joven que descubre su identidad y se enorgullece de ella…

Así, en la fiesta de la hija de Juanita, yo seré una de esas señoras a quien ella nunca ha visto, pero sus papás le dirán: “dale un beso a tu tía fulana”. Cuando ella lo haga, como marca la costumbre, esta tía le lanzará ese incómodo comentario que lanzamos las tías: “yo te cargué cuando eras chiquita”.

Espero que le guste mi regalo. Lo elegí cuidadosamente. Un libro sobre Frida, de papá alemán y mamá mexicana (como los de ella); una bolsita bordada por una amiga mía que es artesana, y una muñeca de trapo con sus moños de colores. Todo junto con una tarjeta en la que la felicito por celebrar su sangre mexicana –surrealista o no– y le deseo que sea muy feliz.

@vasconceliana

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