Mirarnos a los ojos


Lobo es el hombre para el hombre
Plauto

Este virus es peligroso. En su propagación avanza por caminos distintos, destruyendo a la humanidad a su paso y no desaparece. No me refiero precisamente al coronavirus. Sino al de la violencia y la hostilidad.


Mientras leo un poco para escribir mi columna, escucho en la televisión la conferencia de prensa de las siete de la noche. El subsecretario López Gatell informa de una más de las agresiones que sufrió la enfermera Francia López, en la ciudad de México. La golpearon y escupieron, como a muchos otros trabajadores de la salud, en estos días en distintos rincones del país. Indignación. Incredulidad. Borro las líneas del texto que había iniciado y vuelvo a empezar.

¿Qué es lo que somos? ¿Personas? ¿O animales? ¿O salvajes? Se preguntan un grupo de chicos que sobreviven un accidente aéreo y llegan a una isla desierta. Al principio, felices por estar en un mundo sin escuelas, sin horarios, sin adultos, sin reglas. Se formaron dos grupos. Por el confinamiento, las tensiones aumentan, los niños crean reglas que luego romperán, luchan contra un monstruo imaginario y todo desemboca en un enfrentamiento trágico.

En “El señor de las moscas”, de 1954, el Nobel de Literatura William Golding, describe el origen de la violencia cuando las barreras interiores que la reprimen, comienzan a derrumbarse. Dejan de ser un grupo, dejan de verse como personas… y la cosificación da paso a la hostilidad.


Hostil deriva del término latino hostis, utilizado en la antigua Roma para referirse a los enemigos extranjeros en tiempos de guerra, y también a quienes traicionaban a su propio pueblo. Así, puede entenderse ser hostiles ante quienes representan una amenaza.


¿Por qué algunos son hostiles con quienes se dedican profesionalmente a combatir la amenaza que tiene al mundo en vilo? ¿Exactamente en qué está pensando una persona que tiene el atrevimiento de apedrearlos como a los adúlteros en la Biblia?


Lupus est homo homini, frase de “Asinaria”, obra dramática de Plauto, retomada por Thomas Hobbes, que metafóricamente alude al animal salvaje en un estado pre-social hipotético, en el que cada individuo es cruel, egoísta y hostil, capaz de destruir a los de su propia especie. Su contraparte es la idea de J.J. Rousseau de que los seres humanos nacen buenos y libres, pero el mundo los corrompe. ¿A cuál le damos la razón? ¿Somos las personas violentas por naturaleza?


La artista Marina Abramovic se hizo la misma pregunta en 1974 y llevó a cabo el experimento estético “Rythm O”, uno de los performances más recordados –y perturbadores- del arte contemporáneo. El principio era simple: la artista de pie, inmóvil frente a un grupo de personas elegidas al azar. Sobre una mesa había 72 objetos y un letrero indicando al público que ella era un objeto con el que podrían hacer lo que quisieran, durante 6 horas.


Al principio, la gente era pacífica y creativa, pero gradualmente comenzaron a ser más violentos, como los niños del Señor de las moscas. Un hombre tomó unas tijeras y rasgó su ropa… los demás tocaron su cuerpo, le causaron heridas, bebieron su sangre, le apuntaron con un arma en la cabeza…


Platón habla de dos impulsos humanos básicos: placer y agresividad. Este último impulsa a luchar contra las dificultades; y en ese sentido es natural a las personas y a la civilización. Hay una agresividad básica, territorial, sexual e incluso lúdica, que busca superar obstáculos, mantener los límites naturales, y en ese sentido, mantiene una especie de ritmo en la sociedad. La violencia, en cambio no está dirigida a superar dificultades, sino a la destrucción de algo; calcula los medios, pero no los fines. No resuelve las dificultades, las aumenta.


La violencia es un monstruo que alimentamos constantemente con nuestros miedos y prejuicios, y luego nos espantamos cuando éste cobra vida. Al final del Señor de las moscas, Jack, el protagonista, corre desesperadamente perseguido por sus excompañeros, que quieren matarle. Llega a la orilla y se tropieza con un oficial del ejército británico. Todos se detienen descubriendo que han sido rescatados. El juego terminó y deberán reconstruirse.


Los seres humanos temen al dolor y al sufrimiento. Abramovic escenificaba tales miedos ante la audiencia, como un espejo. Al cumplirse las seis horas del experimento, en la madrugada, Marina estaba desnuda, manchada de sangre y llorando. Ya no era un objeto, sino una persona. El performance terminaba y ella se puso de pie, se dirigió a los espectadores quienes no podían sostenerle la mirada.


Y vuelvo a preguntarme ¿Qué demonios tiene en mente una persona que agrede a quienes se dedican a salvar vidas? Espero que algún día, cuando todo esto pase y las luces se enciendan, podamos todos volvernos a mirar a los ojos.

@vasconceliana

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2 comments

  1. Realmente, quienes somos???, no entiendo

    • Lamentablemente en nuestro país, es un un acto individual el actuar alejados de la violencia -la cual pareciera que lo trastoca todo en la vida socia-l. ¿Qué hacer? Imprimir en lo cotidiano, en nuestro núcleo inmediato la empatía, la solidaridad, sentido común y en la medida de lo posible en los demás ámbitos de la vida cotidiana.

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