Entre historias enredadas y bordados resilientes


Para Iván, Michelle, Juana y Ana Cristina…

El hilo de la vida se aflojaría

si no fuera mojado de vez en cuando

con algunas lágrimas.

Pitágoras

Más allá de las páginas en los libros de historia, la Decena Trágica dejó en muchas familias, hambruna y escasez. Las mujeres del barrio juntaban los restos de pan duro y tortilla seca, huesos de cerdo, epazote, chile, y sobras que se encontraban, y con eso hacían un caldo para alimentar a sus familias. En las puertas de las vecindades se empezó a popularizar la venta de este guiso económico y con el tiempo, las migas de Tepito se convirtieron en un negocio muy exitoso.

Así se entrelazan, como hilos de colores, las tramas de las grandes historias. Aquí va otra:

Cuentan que hace muchos años, en la zona otomí de Hidalgo, se desencadenó una gran sequía y las cosechas se perdieron.  Ante la necesidad de salir adelante, las mujeres de la comunidad volvieron la mirada hacia la ancestral costumbre de bordar, que antiguamente se realizaba con hilos de color rojo y negro, simbolizando el equilibrio entre el bien y el mal. Retomaron las pinturas y diseños otomíes con colores más alegres: rojo que representa el bien, negro el mal, verde la vegetación, naranja el sol, azul la luna, y café la tierra.

Así surgieron los coloridos bordados tenangos, célebres en todo el mundo, y cínicamente plagiados por Nestlé, Carolina Herrera, Nora Grose y muchos otros que hasta se aventaron la puntada de decir que no era robo, sino homenaje a la cultura otomí… pero mejor sigo, antes de que me enrede yo solita.

Dicen que “lo que no te mata te hace más fuerte”; y que “una crisis es una oportunidad”. El reto es lograr se transforme en creación. Frases verdaderas, aunque los cursos de capacitación empresarial para la productividad, el liderazgo y las ventas; las tengan secuestradas para sus fines y ahora, hasta suenen trilladas.

Lo cierto es que, más allá de las frases pegadoras entretejidas, lo que importa es esa capacidad de sobreponerse cuando los estímulos son adversos; adaptarse y compensar lo negativo, potenciando la creatividad y el pundonor. La psicología estudia esta característica de la personalidad desde hace más de 50 años y la antropología filosófica lo ha hecho por siempre.

Resiliencia, le llaman ahora. Tomaron prestado el término de la ingeniería; y qué bueno, porque la metamorfosis de las palabras ayuda a que los hilos del lenguaje se tejan mejor.  Con ese término, denominamos ahora a aquella capacidad que acontece en los problemas, en las tragedias, en las dificultades. Resiliencia. Palabra nítida que nos demuestra que hay inventar palabras, tomarlas prestadas, o estirarlas; el caso es lograr que digan lo que necesitamos.

La cosmovisión otomí se borda con palabras. Tradiciones, mitos, creencias e ideas se transmiten oralmente.  Para ellos, como diría Isabel Allende, el lenguaje es un hilo inagotable que se teje como si la vida se hiciera al contarla.

El cosmos, la tierra y las personas son las partes del universo. En sus historias y mitos hay montañas y árboles sagrados. A diferencia de la visión occidental, el ser humano no es el señor del mundo, sino que está integrado a él. Por ello, el sentido de la vida es experimentar la existencia, no pensarla. Así, el ser humano desde esta visión, se identifica con la montaña, con el maíz y la tierra, y con los animales, que son sus compañeros en su paso por la misma.

Esta cosmovisión, aunada a la cotidianidad, se volvió diseño en las manos de las artesanas, que bordan lo que ven por fuera, y lo que ven hacia adentro. De alguna manera, todas las personas bordamos, algunas con hilos, otras con palabras; pero solo unos pocos logran hacer de esto un arte. 

En cuanto al lenguaje hecho con palabras, la metáfora del bordado es tan cotidiana como esencial y se ha hecho prácticamente imperceptible. Como si bordar y vivir fueran la misma cosa. Aquí unos ejemplos:

La existencial afirmación de que la vida pende de un hilo. La contundencia con la que decimos que el hilo siempre se rompe por lo más delgado. Decir que devanamos la madeja en referencia a hacer memoria, atar cabos o bien, hilar los hechos.  En toda narración debe haber un hilo conductor que no deje cabos sueltos y no corte el hilo del discurso.

Cuando alguien se expresa bien, se dice que sabe hilar las ideas. Por el contrario, el que no se da a entender, se enreda y argumentos se detienen con alfileres.  Algunos son muy hábiles para obtener información de los demás, y se dice que meten hilo para sacar hebra. Para quienes no bordamos, una retahíla es una letanía, serie o lista de palabras y una trama es la base de una historia, y no un conjunto de hilos cruzados y enlazados que forman una tela.

Estamos tan acostumbrados a usar ciertas palabras en sentido figurado, que casi nadie recuerda sus acepciones originales.

Así, un tenango es el epónimo referido a los diseños textiles originarios de las localidades de Tenango de Doria, Hidalgo. En donde, detrás de cada bordado, se encuentra la historia personal de cada artesana, su herencia otomí, su impecable técnica, su resiliencia. Termino con otra historia:

Había un grupo de artesanas textiles que hacían maravillas con sus manos. Nunca faltaban los problemas: intermediarios, plagiarios, apropiación cultural y, recientemente, el desplome en las ventas ocasionado por la pandemia de Covid-19. Las artesanas, creativas y emprendedoras, encontraron la manera de salir adelante. Y es que las relaciones dinámicas de amistad y de cooperación que se tejen entre mujeres –desde las artesanas de los tenangos, hasta las creadoras de la sopa de migas– no se dejan vencer por decenas trágicas ni pandemias, pues están hechas de resiliencia: algo que un plagio de Carolina Herrera nunca podrá igualar.

@vasconceliana

Categories: Historias de vida, María del Pilar TorresTags: , , , , , , ,

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: